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Érase una vez un alma curiosa que observaba el mundo donde otras almas vivían experiencias humanas. Formaba parte del Origen, la fuente de la que brota la vida. En aquel lugar el miedo carecía de sentido, la prisa resultaba innecesaria y la pérdida era desconocida. Las distancias tampoco existían, porque todo pertenecía a una misma realidad. El tiempo tampoco marcaba límites: la eternidad avanzaba con calma y sin interrupciones. Todo estaba envuelto por un amor tan vasto que perderse en él resultaba imposible.
El alma contemplaba cómo otras almas emprendían viajes extraordinarios. Allí entraban en cuerpos, probaban destinos, reían, amaban, sufrían, buscaban sentido, olvidaban y, con el tiempo, volvían a recordar. Un día se acercó al Origen.
—Yo también quiero partir —dijo en voz baja—. Quiero saber qué significa vivir. Quiero sentir, elegir, encontrarme con otros, amar, equivocarme, buscar sentido y experimentar todo eso desde dentro.
La luz que la rodeaba se volvió aún más suave y más cálida. El Origen, que era Amor en su forma más pura, respondió:
—Entonces escucha con atención, pequeña Alma. Se te concederá la oportunidad de una encarnación humana.
La pequeña Alma quedó en silencio, prestando mucha atención a cada palabra.
—Viajarás a una realidad tridimensional —continuó el Origen—. Fue creada para romper la quietud de la eternidad y ofrecer a las almas una experiencia completamente inmersiva de identidad individual. Allí olvidarás quién eres y adoptarás una forma humana. Entrarás en una realidad densa, intensa y profundamente dramática, donde todo parece definitivo y real hasta la última lágrima y el último aliento.
—¿Me sentiré separada? —preguntó el Alma.
—Así te parecerá —respondió el Origen—. Ese es el propósito de la experiencia. Recibirás un cuerpo, y ese cuerpo será tu avatar físico. A través de él caminarás por la Tierra, sentirás el frío y el calor, el contacto, el cansancio, el hambre, el placer, el movimiento, la música, el dolor, la ternura y el latido de tu propio corazón. A través de ese cuerpo mirarás el cielo, tocarás la hierba, abrazarás a quienes ames y llorarás cuando llegue el momento de despedirte.
La pequeña Alma escuchaba sin apartar la mirada.
—Pero debes saber algo —continuó el Origen—. Habrá muchas distracciones. Tantas que, en ocasiones, olvidarás completamente tu verdadera naturaleza. Olvidarás que vienes de la Luz. Olvidarás que eres más que un nombre, un rostro, una edad, una historia o un papel en el mundo. Llegará a parecerte que eres únicamente tu biografía, tus pensamientos, tus logros o tus pérdidas. Y eso también formará parte del aprendizaje.
—¿Y qué sentiré allí? —preguntó el Alma.
—Todo —respondió el Origen—. Experimentarás todo el espectro de emociones: alegría, entusiasmo, gratitud, inspiración, amor, ternura y celebración.
Pero también conocerás la soledad, los celos, la tristeza, la confusión, la vergüenza, la nostalgia, la desesperación y el miedo. Habrá momentos en los que sentirás que lo has encontrado todo, y otros en los que creerás haberlo perdido todo, incluso a ti misma. A veces te sentirás profundamente amada. Otras veces pensarás que nadie te ve. En ocasiones te sentirás fuerte. En otras, perdida y asustada. Y todo eso es parte de la experiencia humana.
La pequeña Alma reflexionó durante un momento.
—¿Y si se vuelve demasiado difícil?
—Entonces recuerda esto: pase lo que pase, tu alma permanece a salvo. Ninguna experiencia humana puede destruir tu esencia. Tus emociones podrán ser intensas, a veces casi insoportables, pero no dañarán lo que eres en verdad. Puede que olvides la Luz, pero la Luz nunca te olvidará a ti.
—¿Y si olvido completamente el camino de regreso?
—Entonces aquieta tu mente —respondió el Origen suavemente—. Cuando necesites orientación, no la busques solo fuera de ti. Dirige tu atención hacia tu interior.
Allí existe un lugar tranquilo dentro de ti donde siempre podrás encontrarme. No en el ruido del mundo, ni en su prisa, sino en la profundidad. En el espacio que hay entre los pensamientos. En la honestidad contigo misma. En ese lugar donde aún vive el recuerdo del hogar.
La pequeña Alma guardó silencio durante un largo rato.
—¿Allí todo es permanente? —preguntó finalmente.
—En la Tierra nada es permanente. Todo lo que encuentres será temporal. Las personas llegarán a tu vida y después se marcharán. Las cosas aparecerán y desaparecerán. Los lugares cambiarán. Los cuerpos crecerán, se cansarán y envejecerán. Te enamorarás y crearás vínculos profundos solo para descubrir algún día el arte de despedirte. Amarás personas, hogares, sueños, momentos, identidades y también las historias que construyas sobre ti misma. Y una y otra vez la vida te enseñará a soltar.
—Entonces ¿lo perderé todo? —preguntó el Alma en voz baja.
—Solo perderás las formas —respondió el Origen—. La experiencia permanecerá en ti. El amor que vivas se convertirá en parte de tu luz. Pero aprende a no aferrarte demasiado a nada, ni siquiera a la idea que tengas de quién eres. Allí cambiarás muchas veces. Y cuando llegue el momento de dejar ir, hazlo con dignidad. Nada te pertenece para siempre. Todo se te concede por un tiempo. Todo llega para ser vivido y luego liberado.
La pequeña Alma bajó la mirada, como si ya viera encuentros futuros, despedidas y rostros queridos perdiéndose en la distancia del tiempo.
—Suena hermoso... y también aterrador.
—Así es —respondió el Origen—. La vida humana es una mezcla de belleza y fragilidad. Y precisamente por eso es tan valiosa.
Luego el Origen habló de nuevo, como si entregara una enseñanza importante que todas las almas escuchan antes de partir.
—Cuando camines entre las personas de ese planeta, recuerda que eres una invitada. Procura ser una buena invitada. No dejes desorden a tu paso, ni en las casas ni en los corazones. Escucha más de lo que hablas. Da más de lo que tomas. Aprende a mirar el mundo con cuidado. No vivas como si todo tuviera que girar a tu alrededor. Observa la belleza. Agradece. Recuerda que eres viajera.
La pequeña Alma escuchaba con tanta atención que cada palabra parecía grabarse en su esencia.
—Y hay algo más —añadió el Origen—. No encierres tu corazón en una jaula metálica intentando protegerlo del dolor. De todos modos, nadie sale vivo de esa experiencia. La vida humana no está hecha para atravesarla sin heridas. Está hecha para vivirla de verdad.
—Pero si me abro, me harán daño.
—A veces ocurrirá —respondió el Origen con infinita ternura—. Tu corazón se romperá, se decepcionará, esperará, aprenderá. Lo tocarán manos ajenas, amores sinceros y también la incapacidad de otros para amar. Verás cómo algunas personas no permanecen. Verás cómo los sueños cambian de forma. Verás cómo muchas cosas desaparecen. Pero un corazón cerrado no vive. Solo se protege. Y tú no vas a la Tierra para protegerte. Vas para sentir.
—Entonces debo vivir con valentía.
—Sí —dijo el Origen—. El tiempo allí pasa rápido. Al principio creerás que tienes una eternidad por delante, y un día mirarás atrás y comprenderás lo rápido que ha pasado todo.
Por eso regresa con cicatrices de batalla y buenas historias. Historias de amor, de decisiones valientes, de lágrimas sinceras, de risas inolvidables y de caminos que recorriste siguiendo la voz de tu corazón.
La pequeña Alma sonrió.
—¿Y cómo sabré que estoy viviendo bien?
El Origen guardó silencio un instante antes de responder.
—En la Tierra escucharás muchas reglas sobre cómo deberías vivir. Te dirán qué es el éxito y qué es el fracaso. Pero en lo más profundo siempre sabrás que una vida es verdadera cuando hay autenticidad. Cuando no traicionas lo vivo que hay en ti. Cuando sabes amar. Cuando sabes agradecer. Cuando puedes atravesar el dolor sin endurecerte. Cuando, después de caer, te levantas más sabia y más fuerte que antes.
—¿Y si me equivoco?
—Te equivocarás —dijo el Origen—. Eso forma parte del camino. A veces tomarás a alguien como si fuera para siempre y descubrirás que solo estaba de paso. Temerás cosas que después abrirán puertas maravillosas. Te aferrarás a lo que ya deberías soltar. Pasarás junto a señales que solo comprenderás más tarde. Pero incluso los errores forman parte del aprendizaje.
—¿Y todos los que encuentre allí también serán almas?
—Sí —respondió el Origen—. Todos están en su propio viaje.
La pequeña Alma cerró los ojos y vio su vida futura: la infancia, los sueños, las ciudades, los caminos, el amor, las pérdidas, las risas, las noches en vela, los amaneceres y los momentos de profunda claridad.
—¿Y si en algún momento me pierdo?
El Origen se acercó tanto que entre ambos ya no existía distancia.
—Entonces recuerda al menos esto: no entres en pánico. Todo es temporal. Todo se mueve. Todo pasa a través de ti para mostrarte algo. No necesitas entenderlo todo de inmediato. A veces basta con respirar y seguir adelante.
—¿Entonces el dolor no es un error?
—El dolor forma parte del lenguaje de la Tierra —respondió el Origen—. A veces es una puerta. A veces es un despertar. Pero lo que duele en el ser humano no puede destruir lo que es eterno en el alma.
La pequeña Alma se enderezó con valentía.
—Estoy lista.
—Entonces ve —dijo el Origen—. Vive. Ama. Aprende. Cae. Levántate. Perdona. Agradece. Y cada vez que creas estar sola, recuerda: yo estoy dentro de ti.
Antes de partir, el Origen le dijo una última cosa:
—No vas a la Tierra para vivir una historia perfecta. Vas para vivir una historia real.
Y así la pequeña Alma partió hacia la Tierra. Entró en un cuerpo, respiró por primera vez, abrió los ojos y lloró, como lloran todos los que llegan desde la infinitud al mundo de las formas. Y así comenzó la gran aventura llamada experiencia humana.